Cuando torturado por el insomnio me siento en la cama y, casi con lágrimas en los ojos, le pregunto a la oscuridad qué villanía cometí, que acto reprochable se sacude el pelaje bajo mis párpados cada noche impidiéndome conciliar el sueño, siempre llego a la misma conclusión: Dios me aborrece y Satanás se hace el de la vista gorda.
Sin embargo, si se observa con cuidado, las horas de insomnio son una extensión del plazo, un bono extra de tiempo que se le otorga a algunos privilegiados, a algunos infelices privilegiados.
Incluso estoy empezando a creer que mis noches en vela son una compensación del Universo; probablemente una fuerza cósmica administradora de las Grandes Despensas se asegura de que a cada creatura le corresponda cierta cantidad de vida consciente, una cierta botellada de tiempo.
Charles Dickes escribió en Cuento de Navidad que el destino último de todos los hombres es viajar, transportarse, conocer el mundo que les ha sido dado. De esta forma, asegura el tipo, quien muere sin haber hecho estos recorridos, quien desciende a los camarotes de la muerte sin haber contemplado Las Pirámides, el Big Ben o La Calle de los Alquimistas en Praga, estará condenado, al morir, a vagar por la cubierta del mundo arrastrando unas enormes cadenas, a cumplir con su propósito, a encontrar en la muerte el sentido de su vida. Una bonita explicación literaria a la existencia de los fantasmas, pero no es ese mi punto.
Puede que el destino último del hombre no sea viajar, sino velar, pensar menudencias, reflexionar sobre las trivialidades del mundo; tal vez, incluso, el combustible del Universo sea la sinapsis humana.
De niño malgasté enormes cantidades de tiempo haciéndome cosquillas en los sobacos y descubriendo (con la misma intuición edénico-autodidacta con que Jose Arcadio Buendía descubre, aterrado sobre una mesa, que la tierra es redonda como una naranja) la complicada mecánica del onanismo: la constatación física de que el frotárselo como un molinillo no solo era infructuoso sino peligroso, y el pánico desbordante de caricia exitosa. Así, con investigaciones de esta índole, mi tiempo se ha evaporado en el agosto de los años; me estoy haciendo viejo y, aunque los insólitos arcanos del onanismo ya me han sido totalmente revelados, sigo malgastando mis horas en las más diversas trivialidades.
¿No son entonces las cuatro horas que me revuelco entre las sábanas cada noche, una cuota del tiempo que le adeudo al Orden de cosas, al Cosmos? Tengo la suerte de tener días de 20 horas conscientes, y solo hasta ahora lo considero. Probablemente el tiempo que me tomó llegar a esta consideración me va a ser devuelto en horas de insomnio también. Qué se le hace. El universo no perdona nada, no desperdicia nada; no puedes usar más energía de la que contienes ni esconder tu materia bajo la alfombra celeste; si le adeudas tiempo, si por algún motivo descubre que no le has prestado suficiente atención, que no le has lamido la vanidad, te va a sacar cuentas y no habrá clonazepam que valga.
Que mierda de mundo.

3 comentarios:
Señor, en eso lo apoyo... ¡ Que mierda de Mundo!!!
Frank!! Maese Frank!! Disculpe, por favor, no llegar a tiempo en la reinaguración, de hecho; discuple no llegar, y ya de paso, disculpe no llegar siquiera después, mas bien; ahora que lo pienso, disculpe llegar ahora. Es que me quedé dormida mientras esperaba su regreso... Que mal. En fín, Frank, le hago sabedor de que sigo siendo un gato fiel, (tal vez no me portado bien, pero que importa); aún le leo. Asi que puede pasar a burlarse de mi sucio pantano cuando quiera, me lo he ganado.
P.d. El Universo le esta matando de sueño, y; ¿le parece reconpensa? Tres a cero, favor: Frank...
"Que mierda de mundo"
Arcadius: Solo leyó la última línea, so perezoso.
Pandora: Pues la verdad es que no hubo reinauguración, me limité a llegar con un par de calzoncillos limpios envueltos en papel periódico y me instalé en las oficinas de Ópera EAB, sin ceremonia alguna. En todo caso me complace su fidelidad y mal gusto, y prometo darme una pasada por su molidero apenas termine de buscar prostíbulos en Google Earth. Un saludo.
F.N.
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