Van tres días. Ya se le está empezando a caer el cabello a mis vacaciones y yo todavía no hago nada memorable…ni sepultable. Contrario a lo que pueda revelar mi prosa de tendero, me tengo en muy alta estima, luego me corroe e indigna el verme aquí, encorvado sobre un escritorio miserable cuando bien podría estar tostándome los lomos como un saurio en alguna playa cercana.
Honestamente, estoy harto de leer toda esa celulosa pretenciosa que raspo del fondo del barril de alguna biblioteca pública…; me revienta el seguir recolectando frases memorables y consignando palabras alienígenas que sabrá la puta cuándo cojones voy a utilizar: diplopía, buhardilla, bujarrón, contumelia… ¿Por qué me dejo llevar por esos petimetres masturbadores del verbo? ¿Quién me mandó?: «Y es que hay de ser diplópico para simplemente mandar a la buhardilla tanta contumelia de semejante bujarrón, ¡habrase visto! Y cambiando el sujet, ¿Vio lo gordo que se está poniendo Fernando Savater? Me recuerda aquel verso tan delicioso de….»
Y lo triste es que escupo en la ubre, pero sigo mamando.
Ahora pienso en esas jovencitas pobres y ambiciosas que ponen sus tetas y sus esperanzas en manos de algún comerciante verboso, confiando en subir un par de escalones o al menos en llegar al montículo más alto del asfalto grumoso. Pienso en ellas y me veo a mí mismo poniendo mis tetas espirituales en las manos de estos libracos atildados, confiando en que su lectura me saque de esta miseria tan horrorosa, pero entendiendo que no es tan horrorosa mi miseria, que es como la de todos, igual de chaparra y pestilente. Pero no, no, no, caballero, que yo he leído a Dostoievski y a Dickens, que yo he garrapateado ensayos sobre Engels y Marx, que yo soy más sensible y tengo que subirle el volumen a mis llagas: «A mí empújemela más fuerte, mi señor, que yo soy literato»
Ni modos; seguir desgranando mis putas vacaciones desde las sombras, a ver si me follo algún picaporte o me acabo volviendo más listo que tú…que no es mucho decir.

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