miércoles, julio 13, 2011

Proclive al declive


Esta mañana el celador de un parqueadero en el centro me soltó una frase, en plena vía, que empezaba con “Papi” y terminaba con un sonoro beso lanzado al viento. Miré al majadero de arriba abajo, frunciendo el ceño frente a los transeúntes  para que se notara que yo era muy varoncito, que no le rompía las rodillas al sodomita ese porque iba corto de tiempo, y continué mi camino convencido de que al fin volvía a ocurrirme algo jocoso, algo que justificara el volver a escribir en este blog. Creo que la raíz de mi satisfacción se aferró a que, a pesar de que el fracaso burlesco sigue siendo una constante en mi vida, cada vez me hace menos gracia, cada vez se me antoja menos transitorio, cada vez me dice más de quien soy y menos de por qué circunstancias estoy pasando.

Llegué a mi casa, me puse mis calzoncillos de escribir, encendí el portátil y tomé vuelo: a hacer sonar la mandolina se dijo.

No pude.

Hoy no encajo en el mundo. Generalmente estoy atorado entre dos engranes y con un tornillo insertado en el culo (entiéndase un culo espiritual), pero hoy me siento incluso ajeno a eso, me veo junto a la Gran Máquina, sentado en el suelo con mis calzoncillos de escribir, sin perder detalle del aparatejo, el adminículo que parece arreglárselas muy bien sin mí.

La última vez que me sentí desligado del universo, aturdido como una cometa atorada en el ojo de un gigante, acabé inscribiéndome formalmente en el Partido Liberal Colombiano, vendiendo mi criterio porque alguien en la calle me pidió una firma y volvió a deslizarme el tornillo en el culo (entiéndase un culo espiritual).

Tal vez me vaya esta noche a algún burdel a ver si encuentro a alguien que quiera demandarme por alimentos, o me dé una pasada por el parqueadero del centro y le comente la metáfora del tornillo al celador sodomita. Tal vez.

O tal vez vaya y me disculpe con Ella, tal vez le pida que le de otro empujoncito a mi mundo, para que siga girando, para que no se me caiga de la punta del dedo y el juego se acabe.

miércoles, julio 06, 2011

¡Habemus Novela!


Siempre quise empezar un post con “Habemus”, con la premisa de que tengo algo nuevo que solo comparto en sentido nominal, con la idea de un pequeño logro, de una pequeña victoria cuya insignificancia me dice más de la insignificancia del mundo que de la mía. Y ahora, gracias a mi falta de criterio y al sofisma que me tragué  por meses, a la idea de que el capítulo uno no era una mierda liviana que no se merecía un capítulo dos,  tengo a bien decir que de mis manos, antaño herramientas masturbatorias de primera calidad, ha surgido un modesto opúsculo de mediana calidad (Y no, no es el de imagen; estoy convencido de que los sacerdotes son excelentes y muy confiables niñeras).

Soy tan novelista como un adolescente que se masturba sentado sobre un excusado es un gigoló, pero bueno, también soy tan gigoló como un novelista que se masturba sentado sobre el mismo excusado pensado en un adolescente; en todo caso, al fin tengo un trozo de tierra en ese mundo tan malagradecido de la Literarura; es una mierda de trozo, pero es mi trozo y estoy sumamente a gusto.

Sin embargo, y tengo que decirlo, mi mayor satisfacción es la de haber escrito una mala novela, y no un “buen” libro de poesías. Y es que cuando se empieza en esto de la miseria escritura, se corre un riesgo equivalente a aquellos de la adolescencia: así como en la etapa de la explosión hormonal un macho en formación corre el riesgo de terminar comiendo hongos, volviéndose comunista o chupándole el escroto a un camarada, en la etapa de la explosión de las páginas se corre el riesgo de acabar como un poeta, escribiendo versos en servilletas, escupiendo adjetivos y provocando vergüenza ajena (sé que me leen un par de poetas pero, por qué ocultarlo, saben lo mucho que los desprecio a los dos).

Por lo pronto me aseguraré de que al menos mi mamá lea mi texto, luego ya comprometeré a algún otro incauto sin suficiente aprecio por sus momentos de ocio.

Escrito el libro, ya solo me queda metérsela a un sauce de buenas resinas y enterrar vivo a un niño.

Fin.

sábado, junio 11, 2011

De culos y rovers


Leí esta mañana en los Microsiervos que el Curiosity, el último rover de la NASA, se larga del planeta en cosa de cinco meses, cuando la Tierra esté lo suficientemente cerca de Marte como para disminuir costos y evitar encuentros fortuitos con la Estrella de la Muerte o algún Caza Droide del Imperio. También recordaban que el plazo para enviar nuestros datos al centro de información de la agencia vence el 13 de junio, y que de no hacerlo a tiempo, de no registrarnos, perderemos la oportunidad de que nuestros nombres pisen suelo marciano.

Y digo yo, hay que tener detritus en el cráneo para tomarse la molestia.

La capacidad de abstracción del ser humano es una cosa muy jodida, muy compleja. Y es que hay que ser muy abstracto para encontrar satisfacción en esto, en empujar mi Pedro Pérez en un microchip con otros miles de Pedro Pérez igualmente obtusos, y sentarme luego a chupármela de gozo porque una parte de mí va a cocinarse en el Planeta Rojo.

Y, vuelvo a decir yo, no es que abstraerse y dimensionar las probabilidades en la imaginación sea una vaina totalmente inútil, pero en mi opinión debe reservarse para las dinámicas de corte terrícola: yo, por ejemplo, me imagino todas las mañanas que le toco el culo a Sarah Palin en una acera de Wall Street, que ella le coge gusto a mi destreza inigualable de toca-culos, y que me monta un puesto de limonadas en un barrio bonito de Pasadena.

En todo caso, me dan lástima los pobres diablos que se inscriben en esa tarupidéz con la esperanza de trascender, con el anhelo femenino de, ya que fracasaron en este planeta, ya que aquí no los toman en cuenta y no los va a recordar nadie por la sencilla razón de que no hicieron una mierda memorable, en Marte encontrarán reivindicación, un bálsamo para su anonimato. Malditos sean.

¿Qué a mí tampoco me va a recordar nadie? Pues no, pero yo puedo vivir con eso y conservar la dignidad, porque no soy un Pedro Pérez ni un judío, porque soy gente y tengo el suculento culo de Sarah Palin todas las mañanas al despertar, porque la abstracción no debe reñir con la dignidad, y nada debe reñir con los culos.

jueves, junio 02, 2011

Sin Jedi que me ladre


Cuando se han sentido emocionalmente incrustados en alguien más, ¿no han tenido la impresión de estar en una de esas escenas de los Western, donde la velocidad con que desenfundan decide quién se queda con la puta y con el caballo? ¿No? Pues me importa una mierda, porque a mí sí, luego es un tema de gran importancia.

Desde que tengo uso de razón siempre he sido el vaquero pelotudo que aún no toca el gatillo cuando ya el héroe le ha puesto una bala entre las cejas (para dar claridad a la metáfora, el héroe es la muchacha que me inutiliza las pelotas y el pelotudo soy yo); es una cosa muy jodida, pero siempre pierdo estos encuentros, siempre estoy aterrado de matar al otro cabrón y quedarme sin enemigo.

Nunca escucho a mi conciencia y al sabor a tierra en la jeta que me aconsejan: “Mándala al diablo antes de ella te mande al diablo a ti”, “Salva el orgullo y camina con dignidad hacia el atardecer”, “No uses calzoncillos tan apretados porque se te ve más pequeña de lo que ya es”, etc.  Soy testarudo, le tengo repulsión a los finales, a montarme en la mula y no mirar atrás.

Sin embargo, ayer me sobrepuse a mi falencia y mostré de que estaba hecho: me acomodé el sombrero y las espuelas, salí del saloon, me paré en la mitad de la calle bajo el sol ardiente de las dos de la tarde, lancé un escupitajo al suelo terroso y empecé a morder una ramita para lucir más rudo. El vaquero enemigo llegó un poco tarde, confiado como siempre, con una sola bala en el tambor y entrecerrando los ojos para no enceguecerse con el polvo, con mi nuevo brillo. De pronto, omitiendo el diálogo intermedio en que le revelo mi plan, como villano que se respete, desenfundé mi revolver y antes de que pudiera rasgarme su sonrisa burlona ya le había descargado los seis cartuchos en el pecho al muy hijo de puta.

El problema, al parecer, es que el infeliz ya no se levantó. 

Qué sensación de pérdida tan inmunda.

Y cambiando el tema, ¿sabían que Superman acaba de renunciar a la ciudadanía norteamericana en el número 900 de Action Comics?

miércoles, mayo 18, 2011

Durmiendo sin el enemigo


Cuando torturado por el insomnio me siento en la cama y, casi con lágrimas en los ojos, le pregunto a la oscuridad qué villanía cometí, que acto reprochable se sacude el pelaje bajo mis párpados cada noche impidiéndome conciliar el sueño, siempre llego a la misma conclusión: Dios me aborrece y Satanás se hace el de la vista gorda. 

Sin embargo, si se observa con cuidado, las horas de insomnio son una extensión del plazo, un bono extra de tiempo que se le otorga a algunos privilegiados, a algunos infelices privilegiados.

Incluso estoy empezando a creer que mis noches en vela son una compensación del Universo; probablemente una fuerza cósmica administradora de las Grandes Despensas se asegura de que a cada creatura le corresponda cierta cantidad de vida consciente, una cierta botellada de tiempo.

Charles Dickes escribió en Cuento de Navidad que el destino último de todos los hombres es viajar, transportarse, conocer el mundo que les ha sido dado. De esta forma, asegura el tipo, quien muere sin haber hecho estos recorridos, quien desciende a los camarotes de la muerte sin haber contemplado Las Pirámides, el Big Ben o La Calle de los Alquimistas en Praga, estará condenado, al morir, a vagar por la cubierta del mundo arrastrando unas enormes cadenas, a cumplir con su propósito, a encontrar en la muerte el sentido de su vida. Una bonita explicación literaria a la existencia de los fantasmas, pero no es ese mi punto.

Puede que el destino último del hombre no sea viajar, sino velar, pensar menudencias, reflexionar sobre las trivialidades del mundo; tal vez, incluso, el combustible del Universo sea la sinapsis humana.

De niño malgasté enormes cantidades de tiempo haciéndome cosquillas en los sobacos y descubriendo (con la misma intuición edénico-autodidacta con que Jose Arcadio Buendía  descubre, aterrado sobre una mesa, que la tierra es redonda como una naranja) la complicada mecánica del onanismo: la constatación física de que el frotárselo como un molinillo no solo era infructuoso sino peligroso, y el pánico desbordante de caricia exitosa.  Así, con investigaciones de esta índole, mi tiempo se ha evaporado en el agosto de los años; me estoy haciendo viejo y, aunque los insólitos arcanos del onanismo ya me han sido totalmente revelados, sigo malgastando mis horas en las más diversas trivialidades.

¿No son entonces las cuatro horas que me revuelco entre las sábanas cada noche, una cuota del tiempo que le adeudo al Orden de cosas, al Cosmos? Tengo la suerte de tener días de 20 horas conscientes, y solo hasta ahora lo considero. Probablemente el tiempo que me tomó llegar a esta consideración me va a ser devuelto en horas de insomnio también. Qué se le hace. El universo no perdona nada, no desperdicia nada; no puedes usar más energía de la que contienes ni esconder tu materia bajo la alfombra celeste; si le adeudas tiempo, si por algún motivo descubre que no le has prestado suficiente atención, que no le has lamido la vanidad, te va a sacar cuentas y no habrá clonazepam que valga. 

Que mierda de mundo.

martes, mayo 10, 2011

Fatiga: o de cuando lo huevos ya te llegan al suelo


Esta mañana conocí al hombre más feo sobre la faz de la tierra, pero pienso hacer todo lo posible para no olvidarme jamás de su cara: los ojos pequeños y demasiado juntos, las orejas salientes cruzadas de venas rojas y finas como las de un paquidermo, un par de labios delgados que parecían encogerse de pavor bajo la nariz aguileña y sobre un pelotón de dientes amarillos en abierto motín; todo tapizado con una piel curtida por el sol y montado sobre el cuerpo andrógino que me extendió la mano y aplicó un apretón sorprendentemente seguro:

--- ¿Aquí se espera el AP3?---dijo con una voz de abismo que nada tenía que ver con su cara de romulano.
---Sí señor, aquí es---respondí con un deje de altivez, sintiéndome repentinamente tonificado por encontrar, al fin, a alguien que parecía mucho más pequeño y jodido que yo.

El bus alimentador llegó, subí con el hombre y durante el recorrido continuamos una charla aparentemente banal, salpicada de chispazos de ingenio y buen juicio (no de mi cosecha, por supuesto), que me llevaron a bajar la guardia y a abrir los ojos a un nuevo tipo de conocimiento, a una nueva forma de apreciar a la gente, a esos bultos de carne que al parecer no existen con el único propósito de robarme oxígeno.

No, ese hombre no me enseñó nada, no me llevó por los caminos de la epifanía ni me hizo ver nada en perspectiva; el hijo de puta se limitó a confirmar mi vieja sospecha, el viejo temor. Bajé del bus sintiéndome una mierda y dándome cuenta de que sigo desperdiciando mi vida intentando demostrarle a los demás que existo; atragantándome con cucharadas de cultura que me saben a calzoncillos viejos y teniendo miedo  y desconfianza de todo lo que rodea. Por veinte minutos ese hombre habló para sí mismo, seguro, indiferente a mis gestos de aprobación; respondiendo a mis preguntas solo porque le recordaban dudas propias, mirándome con sus ojos inyectados y malignos sin preocuparse en absoluto por lo que a mí me inspiraban, matando mi asco con su cuidada indiferencia.

El desprecio es una de la emociones más difíciles de fingir, por eso suele ser franco. Si sientes  que alguien te desprecia es simple y llanamente porque eres despreciable, no hay más cuerda que trenzar. 

¡A la mierda con pretender ser el puto mejor árbol junto al rio! Algunos nacimos para cosas pequeñas, para sueldos menudos y trabajos mediocres, qué se le hace. En adelante voy a tomar a ese hombre como modelo y me voy a cagar sobre la creación de Dios con total impunidad, con conocimiento de causa. Nietzsche dijo: ¿Lo que amo en los demás? Mis esperanzas, pero yo ya no voy a abrigar más esperanzas y los demás pueden ir a frotarse las nalgas contra un roble. No necesitamos dinero, ni fama, ni éxito, ni una sonrisa angélica, ni el porte de un guerrero tártaro, ni una jeta suculenta; no necesitamos nada de eso para tener paz: necesitamos desprecio, enormes cantidades de blanco y humeante desprecio; poner en el mismo lugar  a Dios, a la persona de nuestros sueños y a ese pelo inmundo que de repente nos salió en la espalda, indiferente a si debió crecer en el mentón o en el escroto. Es más, a la mierda con este post que no me pienso tomar la molestia de cerrar apropiadamente, por la sencilla razón que es lo que el hombre del AP3 habría querido que hiciera.

martes, abril 05, 2011

Peores cosas has comido y comerás



Querido diario,

La última vez que abandoné este blog lo hice por la puerta de atrás, de bien, bien atrás. La vida académica hecha una miseria, la salud declinante y el corazón poroso me confinaron a mi esquina, a tomar liento, a atenderme la ceja rota y los labios inflamados que dejan veinticuatro rounds inacabables,  lamiendo lona, tragando sudor ajeno y sangre propia.

En algún punto del estropicio temí por la salud de mi prosa, ya de por sí enferma, y se me ocurrió que si no iba a escribir tarupideces en un blog, bien podía escribirlas en un formato más privado, menos expuesto a la ignominia y la vergüenza ajena; cualquier medio que me permitiera seguir tonificando las sílabas y retocándole la papada a los semas y sememas, cualquier cosa que garantizara que, en un futuro no distante, de mi económica pluma saliera al menos un buen epitafio para mi uso personal. En aquel momento pensé que podía escribir una novela.

Se me ocurrió entonces que el título de mi próximo post, luego de un año de ausencia, bien podría ser  “¡Habemus novela!”, encabezado sugerente que daría un giro total a mi imagen. Ya no más el tipo del blog, ahora el novelista. Ahorrémonos lirismo y vayamos al hecho: “No habemus un hijoputas”. Vengo de desperdiciar un año intentando mejorar las notas en una carrera de porquería que me hace añorar mi antiguo analfabetismo funcional, mi novela cada vez se parece más a una nota de suicidio escrita en el reverso de una carta Magic y ando endiabladamente enfermo, mucho más que antes: insomnio, bronquitis, asma, taquicardia, miopía, migraña y una inminente ceguera que no deja de hacer disparos de advertencia. No tengo enfermedades venéreas porque gracias a Dios follo poco.


P.D. La última línea es una llamada de auxilio y una clausula de contrato; por si salta al tintero la acertada sugerencia de una guaricha de precios módicos con buenas referencias.