Esta mañana el celador de un parqueadero en el centro me soltó una frase, en plena vía, que empezaba con “Papi” y terminaba con un sonoro beso lanzado al viento. Miré al majadero de arriba abajo, frunciendo el ceño frente a los transeúntes para que se notara que yo era muy varoncito, que no le rompía las rodillas al sodomita ese porque iba corto de tiempo, y continué mi camino convencido de que al fin volvía a ocurrirme algo jocoso, algo que justificara el volver a escribir en este blog. Creo que la raíz de mi satisfacción se aferró a que, a pesar de que el fracaso burlesco sigue siendo una constante en mi vida, cada vez me hace menos gracia, cada vez se me antoja menos transitorio, cada vez me dice más de quien soy y menos de por qué circunstancias estoy pasando.
Llegué a mi casa, me puse mis calzoncillos de escribir, encendí el portátil y tomé vuelo: a hacer sonar la mandolina se dijo.
No pude.
Hoy no encajo en el mundo. Generalmente estoy atorado entre dos engranes y con un tornillo insertado en el culo (entiéndase un culo espiritual), pero hoy me siento incluso ajeno a eso, me veo junto a la Gran Máquina, sentado en el suelo con mis calzoncillos de escribir, sin perder detalle del aparatejo, el adminículo que parece arreglárselas muy bien sin mí.
La última vez que me sentí desligado del universo, aturdido como una cometa atorada en el ojo de un gigante, acabé inscribiéndome formalmente en el Partido Liberal Colombiano, vendiendo mi criterio porque alguien en la calle me pidió una firma y volvió a deslizarme el tornillo en el culo (entiéndase un culo espiritual).
Tal vez me vaya esta noche a algún burdel a ver si encuentro a alguien que quiera demandarme por alimentos, o me dé una pasada por el parqueadero del centro y le comente la metáfora del tornillo al celador sodomita. Tal vez.
O tal vez vaya y me disculpe con Ella, tal vez le pida que le de otro empujoncito a mi mundo, para que siga girando, para que no se me caiga de la punta del dedo y el juego se acabe.






